Capitulo 3
Ariadna se hecho un ultimo vistazo ante el espejo antes de presentarse ante el consejo. La herida ya la tenía bien desinfectada y vendada. No era nada grave, pero la jodida dolía. Se aliso la cola de caballo larga y suave. Llevaba puesta una camisa negra y ajustada y unos pantalones negros. El cinturón era blanco, sin ningún tipo de adorno y su botas, al igual que su ropa, era del mismo color oscuro.
Dejo escapar un suspiro. Tantos años había pasado desde aquel primer día frente a la gente de su aquelarre y aun se sentía rechazada. Aunque poco le importaba. Ella buscaría lo mejor para ellos y si se lo agradecían o no le era indiferente.
Pensó en su hermana, que seguramente ya estaría en la sala junto a los demás miembros del consejo. Y en Carl, que se había convertido en su más fiel consejero y amigo. Se había prometido no mostrar sus sentimientos, pero sus fuerzas fallaban cuando ese hombre la trataba como una hija. ¡Cuánto de menos echaba a su padre! Ojalá pudiera echar marcha atrás y cambiar aquel día. Pero Ariadna sabía que eso era imposible. Miles de veces se había dicho que el pasado, pasado esta que el presente y el futuro era lo que más importaba. Y así iba a continuar.
Cogió a su más fiel amiga, su espada. Paso el dedo índice por la finas inscripciones talladas en ella. Cuando cumplió los dieciocho pidió que le grabaran una palabras en ella. “Vive la vida como si no hubiera un mañana”. Su hermana había elegido aquellas palabras pensando en el carácter de la otra.
Cogió la carta que estaba sobre la mesilla de noche. La carta era el tema principal por el que se reunían. El aquelarre de la costa tenía nuevas intenciones de unirse al de ella. Antes de recibirles, Ariadna, quería hablarlo con las demás gente. Esa carta le había traído los recuerdos de aquel día y sabía que una manera de hacerse más fuerte era hacerles frente, sin miedo, sin rencor.
Evelyn, mientras esperaba la llegada de su melliza, pensó que ella no hubiera sido capaz de aguantar todo lo que su hermana había aguantado. Puede ser que ella utilizara un vocabulario brusco pero para nada era tan valiente como ella. Se acordó del día que la vio llegar sucia y llena de sangre, semiinconsciente. ¡Estaba tan asustada! No pudo remediarlo y cuando Ari salió por la ventana salió a buscar a su padre para contárselo. No era una chivata, solo estaba preocupada. Pero lo que no supo es que..., por hablar su padre moriría. Se sentía tan culpable o más que Ari por eso la ayudó frente a la gente cuando ella se proclamo jefa del aquelarre.
La puerta se abrió y su hermana entro ya limpia y arreglada. Se notaba que la herida le dolía, pues sin querer se llevaba la mano al costado. Pero no se quejaría, eso nunca. No permitiría que nadie viese una debilidad en ella. Lanzo la carta sobre la mesa.
-El aquelarre de la costa no ha escrito una carta – la gente se miró entre si, Eve no aparto la mirada de su hermana – Otra vez tienen intenciones de aliarse con nosotros, por eso quería hablarlo con todos. Quiero vuestra opinión, quiero saber que pensáis.
Evelyn fue la primera en hablar.
-Por mi parte no hay ninguna objeción al respecto. Ahora más que nunca necesitamos a gente. Todos sabemos que las bestias se han vuelto más feroces que nunca, y yo no estoy dispuesta a que nadie más caiga contra ellos. Si queremos sobrevivir tendremos que aceptar su unión.
Carl miró a las muchachas y se sintió orgulloso de ellas.
-Pues yo creo que no tendríamos que hacerles caso – dijo una mujer con el pelo recogido en un moño – Ya estamos bien como estamos.
Ariadna la miro sin mostrar ninguna reacción en su rostro. Aquella mujer nunca había estado de acuerdo con nada que dijeran las hermanas. Esa mujer, Lina, era la cocinera de aquel caserón. Las hermanas la habían visto igual desde que eran pequeñas, con su moño bien recogido, con su delantal lleno de manchas de grasa y con sus humores malhumorados.
-¿Estar bien significa no saber que vamos a comer el mes que viene? ¿Estar bien es tener que enterrar a gente de nuestro aquelarre cada semana sin excepción? – contesto Ariadna – No estoy dispuesta a sacrificar más vidas.
Lina la miro ceñuda. Ariadna continuó hablando.
-¿De verdad queréis que vuestros hijos o vuestros nietos crezcan ante tales bestias? Cualquier día de estos ellos puede ser que quieran salir a luchar, a enfrentar a esas abominables criaturas, ¿queréis que ellos mueran? – todos la miraba atentos, escuchando lo que la jefa tenía que decirles – Pues yo no estoy dispuesta a pasar por ello. ¿Quién esta conmigo?
En la sala eran unas veinte personas. Entre ellos figuraban Evelyn, Carl, John, Lina, Nick que era el maestro de los niños, los hermanos Dark que tenía mucha experiencia en la batalla y por eso mismo estaban allí, y diversas personas, casi todas mayores que su mayor función era aportar su sabiduría de forma constructiva. Ojala sirviera de algo, pensó Ariadna mientras miraba a todos y a cada uno de ellos, desde que ella subió al mando no habían dicho ni una sola palabra.
Hubo mayoría en la votación. Así que Ariadna abandono la sala para escribir la carta de respuesta al aquelarre de la costa.
**
La respuesta no tardó en llegar a manos del jefe del aquelarre de la costa. Rubén, Ben para los más cercanos, se proclamo jefe del aquelarre por deseo de su padre cuando este estuvo demasiado viejo como para luchar. A la edad de veintitrés años era uno de los hombres más fuertes y valientes del aquelarre. Nadie le discutía nada y tampoco nadie se atrevía.
Cuando se trataba de alegría, bromas y diversión él era el primero en disfrutar y animar a la demás gente para que se alegrara a pesar de las penas que les acontecían día tras día. Pero cuando se trataba del aquelarre, de su bienestar, era un hombre con gran sabiduría, valiente y siempre, era el primero en salir a la caza de aquellas criaturas. Junto con su arco y sus flechas era invencible, cuando se trataba de lucha cuerpo a cuerpo era fuerte y despiadado, no se lo pensaba dos veces cuando se trataba de romperles el cuello y si por casualidad quedase alguna duda de que la bestia sobreviviera le abría en canal con su cuchillo de mano. Aun así, era capaz de estar por los demás mientras luchaba, si había alguna posibilidad de ayudar a alguien no miraba por él. Eso le había traído alguna que otra cicatriz pero nada que le importara mucho al muchacho.
Estaba en la sala de entrenamiento, ayudando a los más jóvenes con el arco, cuando la respuesta llegó. Se llevo la carta a sus aposentos y leyó la carta de la pequeña mocosa con tranquilidad.
“Saludos,
Tal y como nos pedisteis en vuestra carta hemos estado valorando si era precisa o no una unión con vuestro aquelarre. Aunque sin ninguna duda, y por mayoría, hemos decidido que aceptamos tengo algunas peticiones o requisitos que comentarles:
à Ofrezco que la sede sea nuestra casa, pues supongo, que será mucho más grande que vuestra cueva en la cosa. Por eso mismo, sería necesario que nos hicieseis llegar una carta, con anterioridad a vuestra llegada, con el numero de personas que integran vuestro aquelarre, para poder hacerles sitio y que se sientan lo más cómodos posible.
à Aquí tenemos unas normas. Se cumplirán tanto por nuestra parte como por la vuestra. Igual que, contra lo que digan las vuestras, las mujeres también están capacitadas para la lucha al igual que los hombres. De esta manera, también se la entrenara. Por lo contrario, no se las obligara a salir a la caza si no es su deseo, pero en necesario que sepan defenderse si la situación lo requiere.
à Queda debidamente prohibido salir después del toque de queda, el cual es el mismo momento que oscurezca. Cualquiera que incumpla esta norma será castigado debidamente, sea quien sea.
Por ultimo, solo decirles que esperamos su llegada. Cualquier objeción a las peticiones anteriormente citadas serán debatidas frente a nuestro consejo.
Att, Ariadna.”
Una sonrisa fugaz se vislumbró en los labios del hombre. Tenía ganas de volver a ver a la pequeña, Quería ver en lo que se había convertido. Y una parte de él, juguetona, quería ponerla a prueba para ver si de verdad era quien decía ser, una muchacha eficaz, valiente, sin sentimientos, fría. Ya cuando era niña, Ben se dio cuenta que no era como las demás. No era asustadiza, no le daba miedo enfrentarse a aquellas cosas, ni tampoco era presumida, pues no tuvo ningún miramiento en cortarse su precioso cabello. Sus ojos, verdes como el jade, no mostraban ningún sentimiento salvo el de la sed de sangre, el de matar a aquellas bestias para cuidar de su gente.
Ben se estiró sobre su cama con los brazos tras la cabeza, aun con la carta en la mano. Pensar en aquella muchacha no hacía más que traer recuerdos dolorosos sobre su hermana. No era más joven que aquella niña cuando murió. Ella, Sabrina, era su hermana mayor. Como primogénita sería la encargada de la sucesión de su padre, por eso, desde bien pequeña se la entreno para la batalla y al igual que a ella a las demás muchachas de su edad.
Cerró los ojos mostrando una arruga en su entrecejo. Aun recordaba aquel día. Era el primer día que él salía a la caza. No iba a ser una tarea difícil. Hacía pocos días habían encontrado un nido de aquellas bestias, pero era débiles, eran de ojos amarillos. Salió con su hermana y con más hombres. Estaba ansioso por demostrar que él estaba tan capacitado como su querida hermana por la batalla, pero algo salió mal. Aquella guarida no era solo de ojos amarillos, había uno de ojos negros. De inmediato fue su hermana quien lucho contra él, mientras Ben y los demás descuartizaban sin dificultad a los más débiles. En un primer vistazo Sabrina no parecía tener ninguna dificultad pero... Ben, en un momento de despiste, cayo al suelo a los pies de la bestias de oscuro mirar. Esta, más sabía que sus compañeros de ojos amarillos, agarro al pequeño utilizándolo de escudo contra la hermana. Ben sintió como la baba putrefacta de la bestia caía sobre él dándole nauseas.
Luego, todo pareció ocurrir en menos de un minuto. Su hermana le sonrió, cogió su espada y se hizo un tajo en el brazo dejando brotar la sangre.
-¿Esto es lo que quieres no? – Ben notaba como la respiración de la bestia se aceleraba inhalando el olor de la sangre de su hermana – Pues deja al pequeño y ven a por mi, es tuya. Te lo prometo.
Ben no termino de creerse la palabras de su hermana, pensando que era un plan para matar a la bestia. Esta dejo caer al muchacho y se abalanzo sobre su victima. El olor de la sangre le volvía loco y hambriento y sin dificultad, clavo sus dientes en las carnes de la muchacha.
-¡Sabrina! – grito Ben.
Sabrina cogió su espada y se lo clavó a la bestia en todo el corazón. Luego, ambos, cayeron a tierra. Ben salió disparado hacia su hermana y le saco a la bestia de encima. Ella todavía respiraba, pero la sangre salia sin parar. Vio que los ojos de su hermana, azules como el cielo, estaban más cristalinos que nunca y supo que la vida se le estaba escapando por momentos.
-¿Por qué? – le pregunto.
Su hermana alzo su brazo sanó hasta acariciar el rostro del niño. Una sonrisa trémula, un suspiró suave...
-Porque esta no es la vida que yo quiero. Por eso... – Sabrina cogió un poco más de aire para continuar – quiero que tu seas quien cree una vida nueva. Una vida mejor para los que están por llegar – notó que su hermano iba a protestar pero le puso un dedo en sus labios y continuo – Yo no iba a ser capaz de cambiar nada, pero tu sí. Tu estas lleno de vida, eres valiente...
-Tu también lo eres – dijo con lagrimas en los ojos y la congoja en la garganta.
-No, creía ser valiente, pero la verdad es que cada vez que..., que iba a la salida de una nueva batalla el pavor me llenaba por dentro. ¿Pero sabes que? – Ben, incapaz de decir palabra, negó con la cabeza – Cuando tuve, cuando quise dar la vida por ti, no tuve miedo. Sabia que estaba bien, y que tu estarías a salvo...
Sabrina cogió aire de nuevo pero este no le llego tan adentro y sintió que no le quedaba mucho más. Cerró los ojos ya sin fuerza y sintió como su hermano cerraba su mano sobre la suya.
-Te quiero hermano..., no permitas que nadie..., que nadie luche sino..., quiere... – y exhalo su ultimo suspiro.
Tras aquel día Ben se volvió más fuerte. Decidió que no permitiría que nadie que no quisiese saliese a la batalla, sea hombre o mujer. Por otra parte, su padre, por entonces el jefe del aquelarre, dejo fuera de lugar que cualquiera mujer saliese a combatir y se sumió en la tristeza por la perdida de su amada hija, volviendo rudo y serio con lo que a Ben se refería.
Ben salió de sus pensamientos cuando alguien llamo a la puerta. Se levanto y la abrió. Al otro lado estaba su mejor amigo, Isaías.
-¿Y bien? – pregunto Isais ansioso.
-Han aceptado. Informa a todo el mundo que vayan preparando todo lo que sea preciso llevarse. Saldremos a primera hora de la mañana.




sólo tú eres capaz de hacer estos magnificos fics :)



